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miércoles, 17 de febrero de 2016

Lodi, sobre los supuestos acerca de la conciencia en Astrología

https://alejandrolodi.wordpress.com/2010/03/10/supuestos-acerca-de-la-conciencia-en-astrologia/


Alejandro Lodi
(Año 2007) 
Sin duda, es muy complejo abordar el tema de la conciencia y su posible desarrollo. De hecho, al hablar de «conciencia» no siempre se entiende lo mismo  y muchas veces este término se utiliza para referir a nociones opuestas y contrarias. Por eso, nuestro punto de partida será definir qué entenderemos aquí por «conciencia».

Consideraremos a la conciencia como una actividad. Esta actividad se orienta hacia una percepción más profunda y sutil (no material) y abarcativa (universal, no individual) de la experiencia vital. No se trata de una actividad voluntaria, sino que la experiencia individual parece ser guiada por ella. No es una actividad interna del individuo, sino vincular y de interacción con el destino. La conciencia no es una herramienta que tiene el sujeto individual para “ser mejor” o lograr la satisfacción de sus deseos y anhelos (aunque tampoco va necesariamente en contra de ellos), sino que parece manifestar el propósito de abrir la percepción de que «persona» y «destino» forman una misma entidad, una unidad que busca reencontrarse luego de haberse vivido disociada.
Aplicar esta noción de «conciencia» a la lectura astrológica no es tarea sencilla. Pero, avanzado ya el siglo XXI ¿podría demorarse? Como astrólogos, desde hace más de dos siglos convivimos con la evidencia de que en nuestro Sistema Solar existen tres planetas más allá de los límites de Saturno. En ese lapso la conciencia humana ha desarrollado cambios notables, inéditos a lo largo de su historia. Pero, entre todos ellos hay uno de consecuencias ineludibles para nuestra labor y que resulta de una clave sincronicidad con la aparición de los planetas transpersonales: el “descubrimiento” del inconsciente.
Tal avance en el estudio del misterio de la psique humana (primero con Freud, luego con Jung y más adelante con las distintas líneas psicológicas bioenergéticas y transpersonales) ha provocado que ciertos conocimientos hasta ese momento esotéricos, herméticos u ocultos, salieran a la luz y formen parte del saber del humano común y corriente. Entre ellos los que refieren acerca del «yo» y la noción de «individuo».
Cada vez más lejos de certezas absolutas y verdades cerradas, las investigaciones y revelaciones sobre el inconsciente humano han revelado el alto condicionamiento de las acciones conscientes. Así, la concepción de la naturaleza del ser humano individual, su capacidad de autonomía para controlar su propia conducta y para modelar su destino a voluntad, ha sido irreversiblemente alterada.
Pero este desarrollo del conocimiento humano también permitió que la tradición mística y la investigación científica se encontraran en la coincidente percepción de:
1)    Cierta dinámica del desarrollo de la conciencia.
2)    Que esa dinámica resulta de inclusión y vínculo.
3)    Lo inauténtico del yo como plena expresión del ser.
Esto sería lo mismo que afirmar que lo que profundamente somos no resulta una identidad fija, que ese profundo ser, en verdad, se expresa en la relación con los otros y con el destino, y que en absoluto coincide con la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Los supuestos habituales
No obstante, es cierto que lo habitual es tender a considerar que somos individuos separados, tanto del resto de los humanos como de la corriente general de la vida y el destino. Y como éste hay otros supuestos subyacentes a nuestra conciencia ordinaria que están presentes en la mirada cotidiana.
Suponemos también que somos siempre iguales a nosotros mismos, que permanecemos idénticos a la definición de nuestras identificaciones más tempranas. Desde este supuesto se entiende la evolución como “personal”, es decir como el agregado de nuevas cualidades, suma que redunda en una personalidad “cada vez mejor”. Se genera así la aspiración de grandeza, de ser más grandes como personas individuales, y desarrollar el talento de evitar aquello que no deseamos y lograr lo que sí deseamos, lograr nuestros sueños y evitar nuestras pesadillas.
Desde estos supuestos, el objetivo tácito de esta noción de evolución es el control individual y personal del destino: asegurarse que sólo ocurra lo que ese centro de identidad individual definió como “bueno” para sí y saber cómo sortear aquello que aparece como “malo”. Si lo no deseado ocurre es porque no se ha sabido conjurarlo, o ha habido una falla o error en tal operación de control por defecto de madurez emocional o inteligencia. Y si no pudiera evitarse lo temido, el supuesto es que se debiera ser capaz de tener al menos alguna herramienta que ayude a determinar, con toda la precisión posible, cuándo va a darse la fatalidad (esto es, controlar al menos que no nos sorprenda).
Por cierto, en gran medida tal individualidad exclusiva y el control sobre el medio ambiente inmediato para satisfacer necesidades de supervivencia es posible y real en el plano de la realidad material, en cómo se experimenta la vida desde las percepciones sensoriales biológicas y emocionales más primarias. Sin embargo, todos estos supuestos comienzan a revelarse como claramente ilusorios cuando la conciencia se adentra en dimensiones más sutiles de la experiencia vital, dimensiones tan reales como las de la existencia física.
Otros supuestos
Ahora bien, existen también otros supuestos desde los cuales podemos sostener una percepción de nuestra realidad muy diferente a la que parece activarse automáticamente en lo cotidiano.
Más allá del anhelo de la sensación de identidad de mantenerse igual a sí misma e inamovible, la actividad de la conciencia no se revela como un estado fijo, sino que implica un proceso dinámico. No parece resultar una construcción estable y previsible, sino un flujo siempre cambiante e incierto que, no obstante, va delineando un sentido en su devenir. Desde la psicología transpersonal, se sostiene que ese flujo se despliega en tres niveles:
1) de la no-consciencia (no registro adentro-afuera)
2) a la conciencia separativa (división yo-mundo)
3) a la conciencia de totalidad (unidad conciencia-universo o identidad-destino).
Otra forma de decir lo mismo sería definir un proceso que emerge de la indiferenciación primaria hacia la identificación fragmentaria, y de ésta a la conciencia de unidad. Y también podríamos referir, desde el diseño elaborado por Ken Wilber, a las dimensiones pre-personal, personal y transpersonal.
Por otra parte, la evolución implica integración, no acumulación de cualidades. Representa una auténtica comprensión, esto es la capacidad para incluir y reconocer como propio del ser aquello que hasta ahora se veía como exterior y ajeno. Esta tarea no puede ser llevada a cabo en el plano de nuestras identificaciones personales cotidianas y habituales (“lo que creo ser”), sino que requiere el desafío de una transformación espiritual, un salto cualitativo de conciencia hacia niveles transpersonales. Este salto implica discernir con conciencia que aquello que se vivía como destino (externo y separado de lo que soy), en verdad, es contenido de la estructura del ser.
Queda así de manifiesto que quien evoluciona es la conciencia, no el yo. Más aún, para que exista una auténtica integración debe producirse una transformación del yo. El proceso de desarrollo no es conducido (mucho menos controlado) por el yo, el ego o aquellas características de nuestra personalidad con las que nos identificamos y que creemos nuestra genuina condición individual. El proceso es guiado por la conciencia en interacción con el destino, por nuestros anhelos o deseos conscientes vinculándose con las manifestaciones inconscientes de la vida que nos atraviesa y sus propósitos. En esa interacción y en ese vínculo no hay división adentro-afuera, ni interior-exterior, ni propio-ajeno, sino que ese despliegue se revela como un continuo flujo, un único devenir, en el que cualquier definición fragmentaria (yo, el otro, los objetos, los deseos, etc.) es sólo a efectos de describir la realidad de un modo que sea funcional a nuestra percepción sensorial.
Por cierto, esas divisiones son constitutivas del yo o ego personal. Por eso, cualquier percepción consciente de integración necesariamente exige el cese del control del yo, el fin de la vigencia del dominio del “fragmento que cree ser el todo” (ego) sobre la realidad.
La evolución de la conciencia no puede representar una tarea para el yo individual, ni un logro del yo individual que, en tanto “fragmento”, es capaz de conquistar (mediante voluntad, talento o esfuerzo espiritual) “el todo” demostrando méritos individuales y singulares.
La evolución de la conciencia es la revelación del alma, una naturaleza más profunda que permanece velada o apenas intuida mientras predomine la estructura del ego en el centro de la conciencia. Así, tal revelación se plasma en un proceso que parece ser autónomo a la personalidad individual y que guarda relación con la manifestación de profundos contenidos del inconsciente.
En definitiva, no se trata de que “el yo vaya logrando ser cada vez más consciente”, sino que la conciencia se va revelando al yo transformándolo. Por supuesto que, de inmediato, la estructura de identidad personal hará una interpretación de esa percepción, le dará nombre y forma definida y comunicable (para sí mismo y para los demás). Sin embargo, la conciencia siempre estará indicando que es “algo más”, que es “otra cosa” y que, en verdad, no se encuentra plenamente contenida en aquella descripción racional que ha hecho el ego individual.
Siempre que dividimos entre lo que somos lo que nos pasa, o entre lo que deseamos y el destino que lo frustra, estamos resistiendo un potencial de integración que esas situaciones aparentemente exteriores nos ofrecen.
Visto el despliegue en su totalidad, es cierto que la forma de despertar a la conciencia parece ser emerger de la indiferenciación oceánica primaria (los estados prenatales o tempranos) comprometiéndose en la construcción de un yo personal, de una sensación de identidad separada que permita funcionar en el mundo social. Pero luego, el compromiso con el desarrollo de esa conciencia exigirá trascender ese yo mismo que antes había resultado necesario conformar. La dinámica de la conciencia incita y provoca ir más allá de esa sensación de separatividad individual que, habiendo sido funcional y necesaria en un momento del proceso, se torna obstáculo para el despliegue hacia la experiencia transpersonal.
Finalmente, es preciso estar atentos a que este modo de interpretar la evolución no sugiere que se trate de un proceso lineal o de niveles que se manifiestan en secuencia, sino que las diferentes dimensiones están presentes y potencialmente activas a lo largo de todo el desarrollo. La lógica del movimiento resulta circular o en espiral, antes que lineal o secuencial. Es decir, a cada momento -el vínculo con los otros y la relación con las circunstancias de la vida- van proponiendo el desafío de hacer prevalecer conscientemente alguna de esas dimensiones de percepción. No existen estados definitivos, ni ascensos asegurados, sino que el proceso parece ser de una incierta creatividad que habilita progresiones o regresiones en cada salto del camino.
(Fragmento de la nota para el seminario “El despliegue de la conciencia en la interpretación de la carta natal” presentado en el 11° Congreso Encuentro entre Astrólogos, organizado por GeA en Buenos Aires, junio de 2007)

Lodi, sobre la carta natal y los estados de conciencia

https://alejandrolodi.wordpress.com/2010/03/18/la-evolucion-de-la-conciencia/


Alejandro Lodi
(Junio 2005) 

A lo largo de nuestra vida como individuos vamos desarrollando conciencia. Entendemos por conciencia el registro de sí mismo y del mundo que nos rodea, de lo que somos y de lo que nos ocurre, de nuestra identidad y de nuestro destino. Este registro es tanto sensible como racional, y evoluciona. Esto significa que la conciencia no es fija, no permanece igual a sí misma, sino que tenemos la posibilidad de profundizar en nuevas dimensiones de nuestro ser, de recorrer nuevos vínculos con la realidad.

¿En qué sentido podemos decir que este proceso de la conciencia es de «integración»? En su dinámica, la conciencia va desarrollando identificaciones con contenidos parciales de la estructura global. Lo que “creemos ser”, aquello que definimos ser en cada momento de nuestro vida, nuestra sensación de identidad, es en verdad un fragmento de la totalidad que somos. Desde esas identidades fragmentarias nos vinculamos con los demás y con el mundo, creyendo que «yo» y «mundo» están definidamente separados. Sin embargo, esa barrera es ilusoria. La división entre yo y los otros, lejos de ser definitiva, varía de acuerdo a la capacidad de sensibilidad y discernimiento que expresa la conciencia. Profundamente, en cada estadio de su desarrollo la conciencia nos va revelando que forma parte de lo que somos aquello que hasta ahora creíamos exterior. Y en la medida que somos conscientes de lo fragmentario de nuestras identificaciones, es posible entonces que se genere una expansión de nuestra sensación de ser e integremos (es decir, que reconozcamos como propias e incluyamos) cualidades hasta ahora rechazadas (negadas, proyectadas, etc.).
Así, se desarrolla una dinámica en la cual:
  1. nos identificamos con rasgos parciales de nuestro ser,
  2. definimos allí una identidad y deseos personales desde los que nos vinculamos al mundo,
  3. la frustración de esos deseos generan conflictos que llevan a una crisis de esa identidad parcial, crisis en la que se pone en juego nuestra capacidad de responder a propósitos más vastos (esto es, de responder a lo que no ocurre tal como deseamos).
En este punto clave del proceso (crisis de identidad) pueden manifestarse diferentes respuestas:
  • Cristalización de la identidad: nos refugiamos en lo que “creemos ser”, extremando la polarización entre «yo» y «destino», rechazando cualquier posibilidad de cambio.
 
  • Conversión de la identidad: nos reconocernos en cualidades que son antagónicas a aquellas con las que hasta ahora nos identificamos, abandonando a éstas y “creyendo ya no ser eso”, confirmando de este modo la polarización entre “lo que creo ser” y “lo que creo no ser”.
 
  •  Integración de la identidad: cesamos en nuestra identificación exclusiva con aquellos rasgos parciales, generando una expansión de nuestra sensación de identidad. Esta ampliación permite incluir cualidades hasta el momento no reconocidas de nosotros mismos. Aquello que polarizaba con la identidad y aparecía como «destino» es reconocido ahora como constitutivo del ser.
 
 Parece muy claro que la posibilidad de auténtica integración implica aceptar la necesidad de conformar identidades parciales funcionales (que, aunque fragmentarias, nos permiten interactuar con el mundo), tanto como trascenderlas (cuestionándolas como centros exclusivos de la totalidad e incluyéndolas como partes) para acceder a despliegues más plenos de conciencia. El proceso de integración implica reconocer que aquellas identificaciones parecen necesarias para que el proceso vital mismo sea posible, y que en sus sucesivas crisis y transformaciones (cesación o muerte a la sensación de exclusividad, de ser todo) terminan por constituirse en diferentes vehículos que conducen la revelación del propósito esencial de nuestra vida (ser parte de un todo mayor).
 La conciencia como río
¿Cómo aparece este proceso reflejado en la lógica astrológica? ¿qué herramientas aporta la carta natal de un individuo para acompañar y significar este recorrido de su conciencia? Para evitar el tecnicismo y la extrema abstracción, utilizaremos para nuestra reflexión astrológica la observación de un fenómeno de la naturaleza. Estableceremos así una analogía entre el desarrollo de la conciencia y la corriente de un río.
Comencemos diciendo que en lo que acabamos de exponer surge una lógica circular y aparentemente paradójica. Habiéndose elevado desde el mar, condensándose en nubes, algunas gotas (algunos fragmentos) de ese vasto océano lograron conocer alturas de las que ahora descienden bajo la forma de río, anhelando volver a aquella unidad. Participando de lo universal y vasto (océano), algo se discrimina y fragmenta (gotas de lluvia), y emprende un complejo camino de regreso (río).
 
 El proceso de la conciencia se asemeja a ese retorno. Diferenciados de la matriz uterina , nacemos y nos desarrollamos como entidades psicológicas. Vamos identificándonos con algunos fragmentos, confundiéndolos con la totalidad que somos, y desde ellos vamos vinculándonos con nuestro destino. Seguramente, en tanto no confirme nuestros propósitos, este destino será resistido creyéndolo ajeno a nosotros. Sin embargo, quizás podamos ir percibiendo que los obstáculos y desvíos, en verdad, van revelando una trama, el auténtico cauce de nuestra vida. Y este trazado, aunque no resulte la línea recta que deseamos, conduce inexorablemente al encuentro con la totalidad. El encuentro con el océano es inevitable.
Ahora, en su recorrido, ese río encuentra vados, espacios en los que lo turbulento parece aquietarse y la dirección del cauce adquirir un nuevo sentido. Cada uno de estos vados representan diferentes niveles de la conciencia y tienden a constituir identidades que los expresan. Estas identidades representan instancias en las que el trepidante flujo vital se aplaca. Mediante la constitución (construcción) de nuestras fragmentarias identificaciones psicológicas se logra contener a aquella intensidad.
En este sentido, estos vados, estos niveles de identificación, tienen un significado funcional y operativo. Parecen permitir condiciones que hacen posible el desarrollo del propósito vital esencial, y evitan que distintas corrientes del río caoticen su curso. Pero también resultan instancias que invitan a la fantasía de refugio, a desertar del compromiso con lo amplio y trascendente, y recluirse en la aparente comodidad de esa calma, resistiendo la presión del río que convoca a seguir circulando (confundir la parte con el todo).
Así, un contenido fragmentario, un cierto conglomerado de factores, se constituye en la parcialidad que hegemoniza el centro de la identidad y desde allí organiza la totalidad de la psiquis. Decimos que la persona se identifica con -siente ser- esos rasgos nucleados y los confunde con el todo. Cree que el vado puede contener definitivamente la corriente del río.
 La carta natal y los estadios de conciencia
Desde lo astrológico, podríamos reconocer que la vida individual despliega tres estadios o niveles de conciencia bien diferenciados , en los que desarrolla las distintas identificaciones. A estos estadios o niveles los llamaremos:
  1. Complejo lunar.
  2. Nexo solar.
  3. Estímulos de integración.
El estadio del complejo lunar es aquel en el que se constituye las primeras imágenes de identidad. Al elaborarse en los primeros años de vida, estas tempranas sensaciones de ser se basan en supuestos condicionados por la supervivencia y la dependencia externa. Así constituidas, ligadas a la vulnerabilidad, a la incapacidad de autonomía y a la urgencia de otro para satisfacer necesidades básicas, las primeras identificaciones muestran una adhesión emocional y afectiva por parte de la conciencia que las hacen persistentes en el tiempo. Seguimos creyendo en ellas, creemos ser eso, mucho más allá de lo necesario, como si aún en la vida adulta tuviésemos la fragilidad y carencia que tuvimos en la cuna. Es por esto que el complejo lunar representa el estadío más regresivo de nuestra estructura psicológica , y su crisis como identificación exclusiva de la conciencia caracteriza a la adolescencia y la juventud temprana .
Los puntos de una carta natal a los que puede suponerse que la conciencia recurrirá para elaborar estas primeras imágenes de identidad son:
  • Luna por signo y por casa.
  • Aspectos de la Luna.
  • Casa IV y su relación con el Ascendente.
  • Planetas en Casa IV.
  • Regente de la Casa IV.
  • Nodo Sur.
El estadio de nexo solar es el espacio en el que la conciencia comienza a ampliarse más allá de su identificación exclusiva con lo lunar. Las características solares facilitan la decisión de experimentar el riesgo de la autodeterminación, de descubrir el propio talento para la supervivencia más allá de las formas del pasado que, aunque quizás resulten seguras y estables, comienzan a percibirse como severamente condicionantes e inhibidoras. Este estadio se caracteriza por la búsqueda de constituir una identidad personal sólida, autocentrada, que sirva como plataforma para la realización de nuestras potencialidades. Existe una búsqueda de algo auténtico, de lo genuino “dentro de sí”, tanto como una necesidad de logro y éxito en el mundo. Se percibe que los propósitos personales han logrado superar el regresivo condicionamiento lunar, y que, por lo tanto, ahora sí pueden coincidir con la realidad.
En una carta natal, el nexo solar aparece indicado en los siguientes puntos:
  • Sol por signo y por casa.
  • Sol por aspectos.
  • Los planetas personales por signo, casa y aspectos.
El estadio de estímulos de integración es aquel en el que la conciencia comienza a abrirse y a aceptar que la vida individual y personal se inscribe en un orden que la trasciende. El destino y sus contrariedades comienzan a ser percibidos como la revelación de un propósito esencial al cual resulta necesario saber integrar. «Integrar» implica aquí reconocer a aquello que parece contradecir mi deseo personal e incluirlo como parte (y acaso como clave) de aquello que profundamente soy. Soy mi destino. En este nivel de desarrollo de la conciencia, la pregunta “¿qué pretendo yo de la vida?” va siendo desplazada por aquella que interroga “¿qué se propone la vida conmigo?”.
Obviamente, los indicadores que pueden dar una insinuación (y apenas eso) de estos estímulos a una integración plena son:
  • Júpiter y Saturno como articuladores del acceso a la dimensión transpersonal.
  • Los planetas transpersonales por casa y aspecto.
  • La casa XII.
  • El nodo Norte.
  • El Ascendente y su relación dinámica con el Medio Cielo.
El río, sus vados y los estadios de conciencia
¿Cómo se relacionan estos estadios con nuestra metáfora del río de la conciencia?
En el comienzo, nuestra experiencia de la conciencia, nuestra experiencia de río, se inicia en el contenedor núcleo de pertenencia familiar. El estadio del complejo lunar. Allí desarrollamos los primeros bordes de identidad, aparentemente firmes y estables, y que tempranamente confundimos con la totalidad de lo que somos. Ya sean placenteros o no, parecen definitivos y absolutos, en el sentido que promueven la sensación de asegurar la supervivencia y de proveer de aquello que realmente necesitamos para vivir.
El estadio del complejo lunar sería de este modo “el primer vado”, o mejor un pequeño lago en lo alto de una montaña, en el cual las gotas de lluvia comenzaron a aglutinarse y supieron permanecer contenidas. De no mediar circunstancias de presión, el deseo no sería otro que quedar allí, en la estabilidad de ese espacio contenedor, en la serenidad que no parece necesitar ningún cambio.
Ahora bien, en verdad, estos vados reciben afluentes que convergen en él ampliándolo, fundiéndolo con otros cursos de agua. Después de cada “experiencia de vado” resulta más complejo definir la identidad del río, reconocerlo por el mismo nombre (la misma forma) que tuvo cuando empezó a correr. El caudal será otro, lo mismo que el color, los peces que lo habitan, etc.
Estas convergencias son nuestros encuentros vinculares, encuentros que nos transforman y modifican por ampliación y, por lo mismo, no nos permiten seguir siendo los mismos. Nos desplazan de la quietud autoreferente para enriquecernos. Nos enriquecen al tiempo que nos tornan más complejos. Nos expanden al tiempo que nos funden en expresiones vitales que hasta este momento sentíamos ajenas.
Así, si bien la conciencia parece necesitar de ese vehículo funcional (las identificaciones parciales) para experimentar la vitalidad en la sustancia concreta de nuestra vida individual, luego pugna por ampliarse y trascenderlo. Esta búsqueda no responde a la voluntad personal ni a una disposición del individuo aislado.
Es decir, esta posibilidad de ampliación no es una cualidad propia del río en su cauce conocido, sino una consecuencia de su receptividad a los afluentes. Esta búsqueda se plasma en las convergencias vinculares, en el encuentro con otros. Y su profundo sentido se revela en nuestras vidas provocando crisis. Son las crisis de identificación, las crisis de lo que creemos ser. Estas crisis representan una oportunidad de expansión de conciencia.
El mundo de las relaciones vinculares, el encuentro con afluentes, permite desarrollar una resonancia armónica con la totalidad a partir de lo que se vive como conflicto desde lo aislado y fragmentario. Armonía a través del conflicto. Revelación de un cauce profundo a partir de incluir aceptando ser transformado. La totalidad de lo que somos (la dimensión transpersonal) reclama ser incluida en aquello que definimos ser (las dimensiones lunar y solar). Y, siendo que nos definimos a partir de fragmentos, resultan inevitables estos momentos de transformación profunda de los contenidos que ocupan el centro operativo de la identidad.
Básicamente, la personalidad puede responder a esta propuesta transformadora de dos maneras:
  1. Sintiendo la oportunidad de liberarse de ese modo restringido de definirse a sí misma y ampliándose así a la experimentación de nuevas potencialidades.
  2. Resistiendo la transformación y aferrándose a la definición conocida, a riesgo de cristalizarse en una forma carente de vitalidad y, por lo tanto, de funcionalidad.
En general, se viven estas dos modalidades simultáneamente en forma de tensión y conflicto, hasta que algún núcleo de factores (regresivo o progresivo) define las características que ejercerán la apariencia de predominio hegemónico en el centro de identidad.
Podríamos suponer que las crisis de transición del complejo lunar (de identidad centrada en forma exclusiva en lo lunar) a la expresión solar comienzan a manifestarse en la edad de la adolescencia y se instalan más imperativamente hacia los 21 años. Y la crisis de transición del estadio del nexo solar (de identidad centrada en forma exclusiva en lo solar-lunar) a la inclusión de lo transpersonal (estadio de estímulos de integración) acaso comience a intuirse hacia la mitad de la vida (esto es, la arquetípica crisis de los 42 años).
En cada caso, una identificación fragmentaria, que hasta allí se mostró efectiva, comienza a revelarse como un sistema de reacciones condicionadas, un sistema poco eficiente para establecer vínculos con la realidad. En verdad, esas identidades parciales resultan estructuras provisorias y justifican su existencia en la medida que son capaces de responder al potencial de expansión de la conciencia. Una vez que esta estructura de identidad agota su capacidad operativa, necesita entrar en crisis y ser transformada. De no ser así, comenzará a dar respuestas regresivas, de repliegue antes que de trascendencia y amplitud.
El movimiento de la conciencia no debe ser necesariamente abrupto. Esta transformación no tiene por qué ser operada como un corte imprevisto o compulsivo de una continuidad lineal que no preanunciaba alteración alguna, sino que puede resultar una modulación: el declive y retiro de una modalidad, hasta ese momento hegemónica, y el surgimiento e instalación de una nueva.
Esto representa un salto integrador de la conciencia. No implica la claudicación de una modalidad a expensas del triunfo de otra, lo cual reflejaría la lógica antagónica y excluyente de la batalla de polos (cristalización o conversión), sino la pérdida de control hegemónico de un fragmento que queda ahora incluido en una unidad mayor (integración), unidad en la que se establecen nuevos vínculos asociativos entre factores antes aislados o no integrados. Y en esa nueva unidad se desarrollará un nuevo centro operativo de identidad .
Bibliografía
Bailey, Alice A. Tratado sobre los Siete Rayos. Buenos Aires, Fundación Lucis Argentina, 1958.
González I., Lodi, A. y Steinbrun H. La carta natal como guía en el desarrollo de la conciencia.
Buenos Aires, Kier, 2004.
Visser, Frank. Ken Wilber o la pasión del pensamiento. Barcelona, Kairós, 2003.
Wilber, Ken. El proyecto Atman. Barcelona, Kairós, 1988.
– . El ojo del espíritu. Barcelona, Kairós, 1998.

sábado, 18 de julio de 2015

Carta natal e individuación

Desde una perspectiva amplia, el proceso de individuación tendría que ver con la aceptación consciente de la propia carta, de una manera crecientemente profunda. En toda su amplitud y complejidad.

miércoles, 22 de abril de 2015

Carutti sobre el Ascendente




"Ahora bien, la energía zodiacal que asciende, "entra" en  la existencia como núcleo de una casa y, por ello, su relación con el psiquismo comparte los principios que hacen al Sistema de Casas.
Al ser una energía zodiacal que se manifiesta a través del espacio de las casas, como cualquier otra área de experiencia, está diciendo que el centro del mandala irradia allí una energía de un determinado signo que voy a experimentar, en principio, como externa a mí.(....)
Podemos deducir, por analogía con Aries-tomando al Zodiaco como matriz de significación de las casas- que consiste en una irradiación amorfa de energía que se manifiesta en la totalidad de la existencia, que no tiene especificidad y que, en ese sentido, da color a toda mi vida. No se trata de la focalización de una energía en una experiencia tipo, sino que aparece en todas ellas, dándoles un matiz muy particular. (...)
Al mismo tiempo, no se trata de una cualidad que se manifiesta  desde una interioridad para ser expresada, con sensación y conciencia de expresión; o con registro de algo-que es interior- que se está expresando en el exterior. Eso sería el Sol o eventualmente la casa V. Dentro del proceso, para que yo tenga conciencia de expresión de una energía, tengo que estár ya más adelante en la lógica del mandala, tiene que haberse desarrollado conciencia de proceso. Y esto es propio de las fases siguientes, no de la primera.
En Aries, fase I- esto es, en el Ascendente,- la energía se libera y crea campos energéticos; sucede, es algo ciego, que no implica autoconciencia. Un movimiento simbólicamente ariano, por lo tanto, es pura exteriorización. Es acto puro sin autoconciencia previa. Por eso, no es expresión ni identificación, aunque pueda ser visible para los demás que yo la irradio.
Sin embargo, como esta energía la irradio espontáneamente-y esto es un principio ariano- no la puedo reconocer en mí. La viviré como exterior, de manera que "afuera" sucederán constantemente situaciones ligadas a la energía del signo ascendente y también aparecerán personas con características de ese signo.(...)
Mi vida es experimentar el signo ascendente, hasta que en un determinado momento me identifico con él y me doy cuenta de que soy yo quien lo expresa.  Si llego a este punto, la energía Ascendente estará para mí  en el mismo nivel de autoconciencia que la del Sol; la única diferencia  es que se nace expresando la energía del sol y no aprendiendo a hacerlo; se aprende de sus consecuencias. 
La energía del ascendente implicará, de esta manera, un viaje de la conciencia por ella. un aprendizaje.(...)
Pero como dijimos, mientras se genera el campo energético correspondiente al Ascendente, se manifiesta por otro lado la energía con la que construyo identidad, básicamente el Sol, y aquella que fue fuertemente afectivizada: la Luna. Pero la energía del Ascendente estará mucho mas lejana, desde el punto de vista psíquico, porque no hace a la afectivización o al reconocimiento de sí. Es energía zodiacal pura, que no está mediada por ninguna función planetaria.
Por eso- en una clara diferenciación con el Sol- veremos que el Ascendente necesariamente, tiene que generar destino. O sea, tienen que sucederme cosas para que yo descubra que soy eso. De lo contrario, como es una energía en sí misma tan lejana a la autoconciencia, no me enteraré jamás que me pertenece o lo haré de forma muy parcial.(....)

La identificación con toda energía exteriorizada será más fácil si resuenan interiormente. Y los símbolos de más rápida resonancia interior son, como dijimos, los planetas, no los signos. Los planetas son inmediatamente asociables a funciones psíquicas, pero los signos no. (...) Los planetas- y este término incluye astrológicamente al Sol y a la Luna- son focalizadores que permiten metabolizar psíquicamente las energías zodiacales. Por ello, las energías que el hombre reconoce más facilmente como propias son las que están ligadas a los planetas que podemos llamar personales (...)
Demos ahora otra vuelta en la espiral: el Ascendente tendrá como cualidad específica ser la via de entrada para la energía zodiacal pura. O sea, la energía que no viene modulada por ningún planeta ni localizada en un área de experiencia determinada, sino situada en un nivel de conexión con el Zodiaco en sí mismo, sin focalizacion psíquica o experiencial.
Eso tiene un significado muy profundo, ya que el Zodiaco tiene que ver con la totalidad. Por lo tanto, el Ascendente es la vía mas clara a una experiencia de Totalidad. Es, en sí mismo, la entrada más directa posible para la psique, de cierta energía que no esta mezclada ni diluída por nada personalizado. Todo esto nos permite comprender cierta matriz lógica de destino. (...)
El Ascendente nos lleva a una vibración de la carta natal en el que yo estoy experimentando los signos en si mismos, no a través de las funciones psicológicas planetarias, ni de áreas de experiencia acotadas, sino a través de la experiencia global.(....)
El Ascendente es una puerta de entrada de la conciencia y de salida de la energía. La conciencia entra por el Ascendente para comprender la lógica del mandala, y la energía sale por el Ascendente en el sentido de que se expresa y establece los patrones de "mi" vida. Es decir, un signo Ascendente encierra en sí mismo un arquetipo o matriz. Para comprender cada signo ascendiendo, uno debe comprender la lógica arquetípica de ese signo. Por ejemplo, si asciende Sagitario, entonces materializo capricornianamente, me vinculo acuarianamente, mi base de identidad es pisciana, me expreso arianamente,  y asi sucesivamente...La rueda gira con cierta lógica de sucesion de casas; de esta manera hay una naturaleza intrínseca en el hecho de tener el ascendente en Aries y la casa VIII en Escorpio.
Hay, en definitiva, una coherencia profunda en la matriz zodiacal. Entonces, profundizar la energía del Ascendente nos lleva a develar los secretos de nuestra estructura más profunda, los que generan la trama de la experiencia a vivir, antes de que se haga conciencia y se sintetice en cualidad. 
Gran parte de nuestros problemas provienen de no darnos cuenta de que poseemos una estructura profunda. 
En definitiva, uno empieza el viaje, pero este implica no solo el viaje por la energía ascendente, sino el viaje por todo el mandala. El secreto de mi energía es que, en realidad, yo me voy a dar cuenta a través del Ascendente -más fácilmente que incluso, a través del Sol- que si no comprendo el signo opuesto -casa VII- entonces no puedo expresar fluidamente mi energía; que si no comprendo el signo que precede - casa XII- tampoco puedo expresar con facilidad mi energía, etc, etc. Y cuando digo comprendo no me refiero a un modo analítico y verbal, sino al hecho comprobado de que, si la expresión de mi energía ascendente se hace fluída, tambien se hacen fluídas las energías de todas las casas.(....)
Entonces, para investigar Ascendentes, para tratar de deducir y comprender cómo se manifiesta el Ascendente, podemos tomar la ecuación que vimos antes: Energía= Conciencia de si + Destino.
Es decir, mi campo energético es lo que yo conozco de mí mas lo que desconozco de mí.
Ahora, en la zona del Ascendente uno arranca con un conocimiento de sí igual a cero, y por eso, el Ascendente es todo destino. Es decir, explicar Ascendentes es, en principio, comprender un destino que está asociado a cierta energía ascendiendo.(...)
Del mecanismo lunar debo aprender que ya está, del Sol tengo que aprender cuales son sus consecuencias; pero el Ascendente tengo que aprenderlo desde lo nuevo, y por eso, es todo destino.(...)
Nuestro trabajo es entonces un entrenamiento para percibir destinos y su transformación en el aprendizaje de la conciencia, ni una explicación de determinadas características zodiacales".


Extracto de Ascendentes en Astrología, de Eugenio Carutti

martes, 21 de abril de 2015

Carutti sobre la correspondencia entre el campo energético, la polarización y el psiquismo (2a parte)




Toltecayotl, pintura de Juan Rios (Ce Acatl) en su serie dedicada a Don Juan


"(....) Cuanto más se estabiliza la estructura en una cierta identidad, tanto más el resto del campo energético reitera la vibración excluída que, entonces, aparece como destino recurrente. Eso sucede así porque esa energía- que es demasiado potente y oscura para la conciencia inmadura- tiene que estar en mi mundo. El mandala, justamente, nos da la posibilidad de resignificar ese vínculo recurrente, ese destino.
Es decir, cuanto más polarizado estoy, más presencia masiva  necesito, a través de otros, de la energía que yo excluyo. Esta es la  homeostasis del sistema. Lo que aun no está recorrido e integrado en mí, tiene que estar afectándome fuera de mí.
La ecuación que necesitamos involucra identificación y rechazo (destino). De acuerdo con esa identificación, uno puede conocer su destino, no porque uno sepa el destino de esa persona- en el sentido de que esté escrito en algún lado- sino porque la estructura de ese campo energético se ordenará de esa manera, inevitablemente.(....)
Lo que estoy diciendo, en otro lenguaje, es que durante todo el despliegue de una vida,-desde el bebé, pasando por el adulto, y llegando al final- está presente una vibración, lo que es, lo que soy. Eso está presente, eso vive, eso vibra, eso genera, y en eso- por tanto- yo voy creciendo y decreciendo. Que capacidad de apertura tiene ese cuerpo a esa matriz vibratoria, es toda la cuestión.
Lo que crece identificado -el yo, la personalidad, lo que yo creo ser- puede estar rechazando sistemáticamente lo que profunda e íntimamente soy, eso que siempre está. Pero también puede ir abriéndose y tomando contacto y dejándose abrir, porque eso siempre está. A esta presencia pueden llamarla como quieran. Lo cierto es que hay una presencia energética, hay algo que está presente desde el principio y que, de alguna manera, es recurrente e integrado. Y hay algo a lo que llamo yo,  que va creciendo y desarrollándose dentro de ese campo energético, pero al mismo tiempo va cerrándose a ese campo. Es decir, habrá una pulsación que surge  de ese cerrarse para estabilizar, y abrirse para incorporar. Hay un ritmo, un pulso, hasta que -eventualmente- el cuerpo en sus vínculos pueda expresar lo que la energía es. (....)
Podemos establecer una ecuación: la energía real (Si Mismo vincular) es la autoconciencia (identificación), más lo que se vive como destino. En este sentido, si yo comprendo con qué aspectos y niveles de la carta natal se ha producido la identificación de la conciencia, se me aparece de inmediato la dirección del destino de una persona: es decir, la trama de experiencias que permiten la reabsorción de lo excluído, que retorna cíclicamente.(....)
El tema básico aquí es advertir el miedo del sí-mismo psicológico al Si-Mismo energético. Tenemos que llegar a percibir que, de una manera u otra, todos estamos asustados de nosotros mismos. 
Liberar nuestra energía nos aterroriza, porque es de un volumen y de una intensidad que, desde el principio, hubo que contraer. Así es como nosotros- por hábito- no liberamos lo que somos, sino que contraemos lo que somos. En el mismo momento en el que uno libera un poco de uno mismo, el otro polo se asusta y comienza a homogeneizar, y esto no lo hacemos individualmente sino colectivamente. La sustancia de la Tierra es una trama vincular que hace esto, y sobre esta sustancia polarizada se constela el Cielo".


Extracto de Ascendentes en Astrología, de Eugenio Carutti.

jueves, 9 de abril de 2015

Zodiaco y niveles de Identidad.


Anelle 2012

Siguiendo el Zodiaco, la primera forma de identidad que surge es el nosotros en Cáncer, luego el yo en Leo, y luego el otro, el tú en Libra. Lo Otro, que es ya intuído y sentido en Virgo, no en el sentido comunitario, sino como abstracción objetiva, llega con Capricornio, pero para eso ha sido necesario bajar hasta las profundidades de Escorpio e integrar la sombra colectiva, y también, haber expandido la conciencia con Sagitario y unificado identidades a través de un criterio global y universal. 

Desde este punto de vista, el grado de identidad capricorniana es sumamente evolucionada, porque a través de su vaciamiento, de su impersonalización, abre la puerta al reino de lo transpersonal en el que se sumerge la identidad psicológica de Acuario y Piscis. En Acuario hay una especie de nosotros elegido, posterior y no anterior a la diferenciacíón de un yo, como había en Cáncer. Este Nosotros es un movimiento nuevo que tiene la facultad de que identidades individuadas y discriminadas elijan colaborar libremente respetando la cualidad y el ritmo de su propia auto-expresión. Un lugar en el que la singularidad y la colaboración coexisten. 

Esto es la casa XI, que desde un punto de vista organizativo, constituye el ideal o el punto máximo de respeto y de sinergia entre todas las identidades. Aunque -Wilber dicreparía en este punto- el primer encuentro del yo psicológico con lo transpersonal se produce realmente en Escorpio, a través de una fractura y de una inmersión brutal y súbita, tanto en los reinos prepersonales, como transpersonales de la psique. 

En Piscis la identidad se reabsorbe y se disuelve, de nuevo, para comenzar un nuevo ciclo, así que de la conciencia de la identidad de Piscis poco o nada puede decirse. Podríamos hablar de Conciencia Cósmica o Universal, pero decir esto también es arbitrario, ya que Piscis se experimenta fundamentalmente como una disolución de todas las formas en todas las formas, en el que ninguna identidad es ya posible. Para que haya cualquier tipo de identidad ha de haber algún tipo, por sutil que este sea, de forma o de diferenciación. En el fondo arquetípico de Piscis no existe nada de esto. Hay Pralaya: Disolución. O Absorción, según se mire.