miércoles, 17 de febrero de 2016

Lodi, sobre los supuestos de la mirada astrológica

https://alejandrolodi.wordpress.com/2010/03/10/supuestos-de-nuestra-mirada-astrologica/


Alejandro Lodi
(abril 2009)
Creo que es fundamental y muy honesto no dejar de plantearnos qué es astrología. A medida que profundizamos en ella y adquirimos convicción acerca de su validez, siento que resulta indispensable revisar qué es lo que estamos inconscientemente aceptando, qué supuestos implícitos están presentes en esa aceptación, y sincerarnos con qué es aquello que creemos y qué no creemos respecto a su práctica.

En definitiva, el tema de los supuestos es un tema de creencias implícitas en nuestra mirada y consideración de las cosas. No es tanto una cuestión de ideas sagaces de las que podemos conscientemente dar cuenta con orgullo, sino de qué sensibilidad de registro de la realidad y constancia vivencial está presente -acaso de un modo velado, no consciente- en nuestras definiciones y argumentos. Si no lo sentimos y no lo vivimos, nuestras creencias acerca de la astrología sólo serán presunciones metafísicas, más mágicas o más intelectuales. Creer no deja de ser aquello de lo que estamos dando fe, aquello que estamos asumiendo que nos consta. ¿Somos conscientes de lo que estamos asumiendo que nos consta al aplicar el paradigma astrológico en nuestra consideración de la realidad?
Si el simbolismo astrológico se ha establecido en nuestra vida es porque, lo sepamos o no, hay un conjunto de valores sensibles, principios existenciales y construcciones conceptuales que hemos incorporado. No atender a ello puede conducirnos a contradicciones, a cierta agitación interna por sentir que “algo no cierra”, cuando no a severas crisis en las que podemos sentirnos atrapados en un gran equívoco o defraudación. En este sentido, lejos de ser mero ejercicio de certezas racionales, comprometerse con la astrología es “caminar sobre papel de arroz”.
Meditemos entonces sobre cuáles son algunos supuestos de nuestra mirada astrológica.
El primer supuesto tiene que ver con un principio simple y contundente que existe en la base. Es el principio de correspondencia que enuncia la tradición de la filosofía hermética: “como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”. Basado en él, la astrología se presenta como el estudio de la relación entre la estructura del cielo y de las formas en la tierra, la correspondencia entre el orden del sistema solar y el de una vida humana. Es clave reparar en que no se trata de un principio que se denomine “ley de determinismo” ni “ley de influencia”, sino de correspondencia; no presupone cosas tales como que “el arriba causa el abajo”, o que “el afuera influencia el adentro”. El término utilizado es correspondencia, es decir dos planos o dimensiones que responden mutuamente uno con otro, que se co-responden. La ley de correspondencia, en definitiva, cuestiona la separación entre cielo y tierra, entre el mundo externo y el mundo interno, entre los sucesos exteriores y su vivencia psíquica interna. La ley de correspondencia nos está diciendo que no existe una cosa o la otra, sino que cielo y tierra, exterior e interior, acontecimientos objetivos y persona subjetiva, son una misma unidad. A la tierra no “le ocurre” el cielo, del mismo modo que a la persona no “le ocurren” los acontecimientos, sino que no existe tierra separada del cielo, ni sujeto individual aparte de los sucesos de la vida. Este supuesto de nuestra mirada astrológica nos dice que somos lo que vivimos, el ser es la experiencia. Somos lo que nuestra vida revela; no somos previos a esa revelación, ni entidad alguna separada de los acontecimientos que la manifiestan.
El cielo guarda relación con la tierra. No se trata de una relación física causal, ni de la influencia de uno sobre el otro. No es que el cielo determine lo que ocurre en la tierra, ni que lo indicado en una carta natal defina fatalmente lo que viva una persona. La carta natal es un símbolo de esa relación, de ese encuentro entre la entidad individual que ha encarnado ese diseño y la pauta universal con la que se corresponde. Y se trata de un símbolo vivo, ya que cobra vida cuando es significado por la conciencia que lo encarna. Según la conciencia se transforme, la carta natal es fuente de renovada información. Podríamos decir que la carta natal acompaña (co-responde) la evolución de la conciencia, al mismo tiempo que tal evolución no es sino la capacidad de la conciencia para responder (co-responder) al destino que su carta natal simboliza. Esta doble vía es una relación, es un encuentro que revela una unidad entre conciencia y destino. Este es entonces nuestro supuesto fundamental:conciencia y destino son el ser.
Un segundo supuesto básico es que la correspondencia entre “adentro y afuera”, entre “arriba y abajo”, es fundamentalmente una correspondencia vibratoria y psíquica, organizándose en el plano de los hechos concretos de un modo que cobra sentido cuando es significado por la conciencia. La carta natal como símbolo no revela sucesos literales fatalmente determinados, sino sucesos con una específica cualidad vibratoria y que resultan pasibles de ser significados. Por ejemplo, la Luna no describe “cómo es mi madre”, sino qué tipo de vibración energética estará asociada a su vivencia y, en ese sentido, probables escenarios y situaciones (dentro de un abanico previsible pero siempre con variantes sorprendentes) en los que podrá encarnarse esa experiencia de lo materno.

Las posiciones de los planetas en una carta natal y las relaciones entre ellos muestran diseños que permiten significar la organización psíquica interna de una persona y el vínculo con su destino. La estructura de la carta natal no es un modelo fijo que debe ser cumplido, no es el manual de instrucciones para el correcto funcionamiento de una máquina ya construida. La carta natal no es real, es sólo un mapa que adquiere realidad en la exploración de una vida. El mapa sólo adquiere sentido cuando es explorado el territorio que cartografía; sólo allí la información del mapa se hace real. Conocer el mapa no es conocer el territorio, pero sí resulta útil y fundamental para reconocerlo cuando ese territorio comienza a ser experimentado.
Los sucesos de nuestra vida son la realización de la carta natal, no el acierto o la falla respecto a un plan que alguien pueda conocer de antemano. El astrólogo no sabe lo que debería ser la vida de una persona. El astrólogo no lo sabe. Y no lo sabe porque una vida humana no es una obra ya conocida con la que sólo reste ser consecuente, sino una creación vincular, una co-creación de la que participa tanto nuestro propósito consciente como el que florece en las redes vinculares en las que estamos entramados. Una vida humana está siendo co-creada en el presente, no ha sido ya creada en el pasado. Una vida humana no es un plan o misión predeterminada a cumplir que uno mismo o algún otro puedan conocer por leerlo en el mapa natal.
La carta natal es una estructura vibratoria que se da a conocer mientras se desarrolla. Somos el despliegue del ser que se revela en nuestros acontecimientos y vínculos. No somos algo “ya hecho y definido” que debe cumplirse. No somos a priori de la experiencia de vida. No estamos escritos. No somos una secuencia lineal de hechos fatalmente predeterminados. La experiencia de vida nos presenta los desafíos en los que se revela la conciencia de lo que somos. Los hechos y nuestros vínculos de destino son reveladores del ser del que vamos tomando conciencia. Esos acontecimientos no son azarosos, sino que responden a un orden cíclico. En ese sentido, tienen un grado de objetividad: no ocurren en cualquier momento, no pueden ser eludidos. El movimiento del cielo es el movimiento de esa evolución. El movimiento de los planetas en el cielo marcan los tiempos de nuestros procesos, no sólo biológicos y psicológicos, sino fundamentalmente de las crisis de revelación. Los ciclos planetarios dan claves para que la conciencia pueda significar los procesos más profundos de ese ser que se está revelando, del espíritu en acción.
Por último, de todo lo dicho se desprende otro potente supuesto de nuestra mirada astrológica: los hechos de nuestra vida nunca son exclusivamente individuales, sino que siempre son compartidos con otros y resultan significativos a la revelación de otras estructuras energéticas de cartas natales, no sólo de la propia.
Los acontecimientos específicos de nuestras vidas individuales responden al entramado vincular. Los sucesos de “mi vida” son, al mismo tiempo, sucesos en las vidas de otros. Un hecho que nos ocurre y que puede ser significado desde nuestra carta natal, al mismo tiempo le ocurre a nuestra pareja, a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, etc., y cada uno habrá de significar el mismo hecho de un modo distinto y acorde a sus estructuras y procesos individuales. La carta natal aporta un simbolismo relevante para el significado de los hechos, pero no indica los hechos específicos, sencillamente porque los hechos específicos nunca son singulares y estrictamente asociados a una sola carta natal, sino que son resultado de la convergencia –profundamente misteriosa e imposible de aprehender o predecir- de múltiples claves vitales individuales. Los acontecimientos de nuestra vida no tienen ninguna posibilidad de ser exclusivamente individuales y personales, sino que siempre son vinculares y co-creados, siempre son la manifestación de una corriente de pulsos vitales en red.

Por cierto, la carta natal sí nos indica cómo esos hechos resultan congruentes con nuestra naturaleza y su despliegue, pero sólo lo revela cuando esos acontecimientos están siendo vividos, cuando forman parte de nuestra experiencia vincular presente. La carta natal no puede anticiparnos los sucesos concretos, pero sí la naturaleza del tiempo en el que están siendo vivenciados y los desafíos de destino que representan para los rasgos más fijos y temerosos de nuestra identidad en el viaje de la co-creación de aquello que somos.

Lodi, sobre los supuestos acerca de la conciencia en Astrología

https://alejandrolodi.wordpress.com/2010/03/10/supuestos-acerca-de-la-conciencia-en-astrologia/


Alejandro Lodi
(Año 2007) 
Sin duda, es muy complejo abordar el tema de la conciencia y su posible desarrollo. De hecho, al hablar de «conciencia» no siempre se entiende lo mismo  y muchas veces este término se utiliza para referir a nociones opuestas y contrarias. Por eso, nuestro punto de partida será definir qué entenderemos aquí por «conciencia».

Consideraremos a la conciencia como una actividad. Esta actividad se orienta hacia una percepción más profunda y sutil (no material) y abarcativa (universal, no individual) de la experiencia vital. No se trata de una actividad voluntaria, sino que la experiencia individual parece ser guiada por ella. No es una actividad interna del individuo, sino vincular y de interacción con el destino. La conciencia no es una herramienta que tiene el sujeto individual para “ser mejor” o lograr la satisfacción de sus deseos y anhelos (aunque tampoco va necesariamente en contra de ellos), sino que parece manifestar el propósito de abrir la percepción de que «persona» y «destino» forman una misma entidad, una unidad que busca reencontrarse luego de haberse vivido disociada.
Aplicar esta noción de «conciencia» a la lectura astrológica no es tarea sencilla. Pero, avanzado ya el siglo XXI ¿podría demorarse? Como astrólogos, desde hace más de dos siglos convivimos con la evidencia de que en nuestro Sistema Solar existen tres planetas más allá de los límites de Saturno. En ese lapso la conciencia humana ha desarrollado cambios notables, inéditos a lo largo de su historia. Pero, entre todos ellos hay uno de consecuencias ineludibles para nuestra labor y que resulta de una clave sincronicidad con la aparición de los planetas transpersonales: el “descubrimiento” del inconsciente.
Tal avance en el estudio del misterio de la psique humana (primero con Freud, luego con Jung y más adelante con las distintas líneas psicológicas bioenergéticas y transpersonales) ha provocado que ciertos conocimientos hasta ese momento esotéricos, herméticos u ocultos, salieran a la luz y formen parte del saber del humano común y corriente. Entre ellos los que refieren acerca del «yo» y la noción de «individuo».
Cada vez más lejos de certezas absolutas y verdades cerradas, las investigaciones y revelaciones sobre el inconsciente humano han revelado el alto condicionamiento de las acciones conscientes. Así, la concepción de la naturaleza del ser humano individual, su capacidad de autonomía para controlar su propia conducta y para modelar su destino a voluntad, ha sido irreversiblemente alterada.
Pero este desarrollo del conocimiento humano también permitió que la tradición mística y la investigación científica se encontraran en la coincidente percepción de:
1)    Cierta dinámica del desarrollo de la conciencia.
2)    Que esa dinámica resulta de inclusión y vínculo.
3)    Lo inauténtico del yo como plena expresión del ser.
Esto sería lo mismo que afirmar que lo que profundamente somos no resulta una identidad fija, que ese profundo ser, en verdad, se expresa en la relación con los otros y con el destino, y que en absoluto coincide con la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Los supuestos habituales
No obstante, es cierto que lo habitual es tender a considerar que somos individuos separados, tanto del resto de los humanos como de la corriente general de la vida y el destino. Y como éste hay otros supuestos subyacentes a nuestra conciencia ordinaria que están presentes en la mirada cotidiana.
Suponemos también que somos siempre iguales a nosotros mismos, que permanecemos idénticos a la definición de nuestras identificaciones más tempranas. Desde este supuesto se entiende la evolución como “personal”, es decir como el agregado de nuevas cualidades, suma que redunda en una personalidad “cada vez mejor”. Se genera así la aspiración de grandeza, de ser más grandes como personas individuales, y desarrollar el talento de evitar aquello que no deseamos y lograr lo que sí deseamos, lograr nuestros sueños y evitar nuestras pesadillas.
Desde estos supuestos, el objetivo tácito de esta noción de evolución es el control individual y personal del destino: asegurarse que sólo ocurra lo que ese centro de identidad individual definió como “bueno” para sí y saber cómo sortear aquello que aparece como “malo”. Si lo no deseado ocurre es porque no se ha sabido conjurarlo, o ha habido una falla o error en tal operación de control por defecto de madurez emocional o inteligencia. Y si no pudiera evitarse lo temido, el supuesto es que se debiera ser capaz de tener al menos alguna herramienta que ayude a determinar, con toda la precisión posible, cuándo va a darse la fatalidad (esto es, controlar al menos que no nos sorprenda).
Por cierto, en gran medida tal individualidad exclusiva y el control sobre el medio ambiente inmediato para satisfacer necesidades de supervivencia es posible y real en el plano de la realidad material, en cómo se experimenta la vida desde las percepciones sensoriales biológicas y emocionales más primarias. Sin embargo, todos estos supuestos comienzan a revelarse como claramente ilusorios cuando la conciencia se adentra en dimensiones más sutiles de la experiencia vital, dimensiones tan reales como las de la existencia física.
Otros supuestos
Ahora bien, existen también otros supuestos desde los cuales podemos sostener una percepción de nuestra realidad muy diferente a la que parece activarse automáticamente en lo cotidiano.
Más allá del anhelo de la sensación de identidad de mantenerse igual a sí misma e inamovible, la actividad de la conciencia no se revela como un estado fijo, sino que implica un proceso dinámico. No parece resultar una construcción estable y previsible, sino un flujo siempre cambiante e incierto que, no obstante, va delineando un sentido en su devenir. Desde la psicología transpersonal, se sostiene que ese flujo se despliega en tres niveles:
1) de la no-consciencia (no registro adentro-afuera)
2) a la conciencia separativa (división yo-mundo)
3) a la conciencia de totalidad (unidad conciencia-universo o identidad-destino).
Otra forma de decir lo mismo sería definir un proceso que emerge de la indiferenciación primaria hacia la identificación fragmentaria, y de ésta a la conciencia de unidad. Y también podríamos referir, desde el diseño elaborado por Ken Wilber, a las dimensiones pre-personal, personal y transpersonal.
Por otra parte, la evolución implica integración, no acumulación de cualidades. Representa una auténtica comprensión, esto es la capacidad para incluir y reconocer como propio del ser aquello que hasta ahora se veía como exterior y ajeno. Esta tarea no puede ser llevada a cabo en el plano de nuestras identificaciones personales cotidianas y habituales (“lo que creo ser”), sino que requiere el desafío de una transformación espiritual, un salto cualitativo de conciencia hacia niveles transpersonales. Este salto implica discernir con conciencia que aquello que se vivía como destino (externo y separado de lo que soy), en verdad, es contenido de la estructura del ser.
Queda así de manifiesto que quien evoluciona es la conciencia, no el yo. Más aún, para que exista una auténtica integración debe producirse una transformación del yo. El proceso de desarrollo no es conducido (mucho menos controlado) por el yo, el ego o aquellas características de nuestra personalidad con las que nos identificamos y que creemos nuestra genuina condición individual. El proceso es guiado por la conciencia en interacción con el destino, por nuestros anhelos o deseos conscientes vinculándose con las manifestaciones inconscientes de la vida que nos atraviesa y sus propósitos. En esa interacción y en ese vínculo no hay división adentro-afuera, ni interior-exterior, ni propio-ajeno, sino que ese despliegue se revela como un continuo flujo, un único devenir, en el que cualquier definición fragmentaria (yo, el otro, los objetos, los deseos, etc.) es sólo a efectos de describir la realidad de un modo que sea funcional a nuestra percepción sensorial.
Por cierto, esas divisiones son constitutivas del yo o ego personal. Por eso, cualquier percepción consciente de integración necesariamente exige el cese del control del yo, el fin de la vigencia del dominio del “fragmento que cree ser el todo” (ego) sobre la realidad.
La evolución de la conciencia no puede representar una tarea para el yo individual, ni un logro del yo individual que, en tanto “fragmento”, es capaz de conquistar (mediante voluntad, talento o esfuerzo espiritual) “el todo” demostrando méritos individuales y singulares.
La evolución de la conciencia es la revelación del alma, una naturaleza más profunda que permanece velada o apenas intuida mientras predomine la estructura del ego en el centro de la conciencia. Así, tal revelación se plasma en un proceso que parece ser autónomo a la personalidad individual y que guarda relación con la manifestación de profundos contenidos del inconsciente.
En definitiva, no se trata de que “el yo vaya logrando ser cada vez más consciente”, sino que la conciencia se va revelando al yo transformándolo. Por supuesto que, de inmediato, la estructura de identidad personal hará una interpretación de esa percepción, le dará nombre y forma definida y comunicable (para sí mismo y para los demás). Sin embargo, la conciencia siempre estará indicando que es “algo más”, que es “otra cosa” y que, en verdad, no se encuentra plenamente contenida en aquella descripción racional que ha hecho el ego individual.
Siempre que dividimos entre lo que somos lo que nos pasa, o entre lo que deseamos y el destino que lo frustra, estamos resistiendo un potencial de integración que esas situaciones aparentemente exteriores nos ofrecen.
Visto el despliegue en su totalidad, es cierto que la forma de despertar a la conciencia parece ser emerger de la indiferenciación oceánica primaria (los estados prenatales o tempranos) comprometiéndose en la construcción de un yo personal, de una sensación de identidad separada que permita funcionar en el mundo social. Pero luego, el compromiso con el desarrollo de esa conciencia exigirá trascender ese yo mismo que antes había resultado necesario conformar. La dinámica de la conciencia incita y provoca ir más allá de esa sensación de separatividad individual que, habiendo sido funcional y necesaria en un momento del proceso, se torna obstáculo para el despliegue hacia la experiencia transpersonal.
Finalmente, es preciso estar atentos a que este modo de interpretar la evolución no sugiere que se trate de un proceso lineal o de niveles que se manifiestan en secuencia, sino que las diferentes dimensiones están presentes y potencialmente activas a lo largo de todo el desarrollo. La lógica del movimiento resulta circular o en espiral, antes que lineal o secuencial. Es decir, a cada momento -el vínculo con los otros y la relación con las circunstancias de la vida- van proponiendo el desafío de hacer prevalecer conscientemente alguna de esas dimensiones de percepción. No existen estados definitivos, ni ascensos asegurados, sino que el proceso parece ser de una incierta creatividad que habilita progresiones o regresiones en cada salto del camino.
(Fragmento de la nota para el seminario “El despliegue de la conciencia en la interpretación de la carta natal” presentado en el 11° Congreso Encuentro entre Astrólogos, organizado por GeA en Buenos Aires, junio de 2007)

Lodi, sobre la carta natal y los estados de conciencia

https://alejandrolodi.wordpress.com/2010/03/18/la-evolucion-de-la-conciencia/


Alejandro Lodi
(Junio 2005) 

A lo largo de nuestra vida como individuos vamos desarrollando conciencia. Entendemos por conciencia el registro de sí mismo y del mundo que nos rodea, de lo que somos y de lo que nos ocurre, de nuestra identidad y de nuestro destino. Este registro es tanto sensible como racional, y evoluciona. Esto significa que la conciencia no es fija, no permanece igual a sí misma, sino que tenemos la posibilidad de profundizar en nuevas dimensiones de nuestro ser, de recorrer nuevos vínculos con la realidad.

¿En qué sentido podemos decir que este proceso de la conciencia es de «integración»? En su dinámica, la conciencia va desarrollando identificaciones con contenidos parciales de la estructura global. Lo que “creemos ser”, aquello que definimos ser en cada momento de nuestro vida, nuestra sensación de identidad, es en verdad un fragmento de la totalidad que somos. Desde esas identidades fragmentarias nos vinculamos con los demás y con el mundo, creyendo que «yo» y «mundo» están definidamente separados. Sin embargo, esa barrera es ilusoria. La división entre yo y los otros, lejos de ser definitiva, varía de acuerdo a la capacidad de sensibilidad y discernimiento que expresa la conciencia. Profundamente, en cada estadio de su desarrollo la conciencia nos va revelando que forma parte de lo que somos aquello que hasta ahora creíamos exterior. Y en la medida que somos conscientes de lo fragmentario de nuestras identificaciones, es posible entonces que se genere una expansión de nuestra sensación de ser e integremos (es decir, que reconozcamos como propias e incluyamos) cualidades hasta ahora rechazadas (negadas, proyectadas, etc.).
Así, se desarrolla una dinámica en la cual:
  1. nos identificamos con rasgos parciales de nuestro ser,
  2. definimos allí una identidad y deseos personales desde los que nos vinculamos al mundo,
  3. la frustración de esos deseos generan conflictos que llevan a una crisis de esa identidad parcial, crisis en la que se pone en juego nuestra capacidad de responder a propósitos más vastos (esto es, de responder a lo que no ocurre tal como deseamos).
En este punto clave del proceso (crisis de identidad) pueden manifestarse diferentes respuestas:
  • Cristalización de la identidad: nos refugiamos en lo que “creemos ser”, extremando la polarización entre «yo» y «destino», rechazando cualquier posibilidad de cambio.
 
  • Conversión de la identidad: nos reconocernos en cualidades que son antagónicas a aquellas con las que hasta ahora nos identificamos, abandonando a éstas y “creyendo ya no ser eso”, confirmando de este modo la polarización entre “lo que creo ser” y “lo que creo no ser”.
 
  •  Integración de la identidad: cesamos en nuestra identificación exclusiva con aquellos rasgos parciales, generando una expansión de nuestra sensación de identidad. Esta ampliación permite incluir cualidades hasta el momento no reconocidas de nosotros mismos. Aquello que polarizaba con la identidad y aparecía como «destino» es reconocido ahora como constitutivo del ser.
 
 Parece muy claro que la posibilidad de auténtica integración implica aceptar la necesidad de conformar identidades parciales funcionales (que, aunque fragmentarias, nos permiten interactuar con el mundo), tanto como trascenderlas (cuestionándolas como centros exclusivos de la totalidad e incluyéndolas como partes) para acceder a despliegues más plenos de conciencia. El proceso de integración implica reconocer que aquellas identificaciones parecen necesarias para que el proceso vital mismo sea posible, y que en sus sucesivas crisis y transformaciones (cesación o muerte a la sensación de exclusividad, de ser todo) terminan por constituirse en diferentes vehículos que conducen la revelación del propósito esencial de nuestra vida (ser parte de un todo mayor).
 La conciencia como río
¿Cómo aparece este proceso reflejado en la lógica astrológica? ¿qué herramientas aporta la carta natal de un individuo para acompañar y significar este recorrido de su conciencia? Para evitar el tecnicismo y la extrema abstracción, utilizaremos para nuestra reflexión astrológica la observación de un fenómeno de la naturaleza. Estableceremos así una analogía entre el desarrollo de la conciencia y la corriente de un río.
Comencemos diciendo que en lo que acabamos de exponer surge una lógica circular y aparentemente paradójica. Habiéndose elevado desde el mar, condensándose en nubes, algunas gotas (algunos fragmentos) de ese vasto océano lograron conocer alturas de las que ahora descienden bajo la forma de río, anhelando volver a aquella unidad. Participando de lo universal y vasto (océano), algo se discrimina y fragmenta (gotas de lluvia), y emprende un complejo camino de regreso (río).
 
 El proceso de la conciencia se asemeja a ese retorno. Diferenciados de la matriz uterina , nacemos y nos desarrollamos como entidades psicológicas. Vamos identificándonos con algunos fragmentos, confundiéndolos con la totalidad que somos, y desde ellos vamos vinculándonos con nuestro destino. Seguramente, en tanto no confirme nuestros propósitos, este destino será resistido creyéndolo ajeno a nosotros. Sin embargo, quizás podamos ir percibiendo que los obstáculos y desvíos, en verdad, van revelando una trama, el auténtico cauce de nuestra vida. Y este trazado, aunque no resulte la línea recta que deseamos, conduce inexorablemente al encuentro con la totalidad. El encuentro con el océano es inevitable.
Ahora, en su recorrido, ese río encuentra vados, espacios en los que lo turbulento parece aquietarse y la dirección del cauce adquirir un nuevo sentido. Cada uno de estos vados representan diferentes niveles de la conciencia y tienden a constituir identidades que los expresan. Estas identidades representan instancias en las que el trepidante flujo vital se aplaca. Mediante la constitución (construcción) de nuestras fragmentarias identificaciones psicológicas se logra contener a aquella intensidad.
En este sentido, estos vados, estos niveles de identificación, tienen un significado funcional y operativo. Parecen permitir condiciones que hacen posible el desarrollo del propósito vital esencial, y evitan que distintas corrientes del río caoticen su curso. Pero también resultan instancias que invitan a la fantasía de refugio, a desertar del compromiso con lo amplio y trascendente, y recluirse en la aparente comodidad de esa calma, resistiendo la presión del río que convoca a seguir circulando (confundir la parte con el todo).
Así, un contenido fragmentario, un cierto conglomerado de factores, se constituye en la parcialidad que hegemoniza el centro de la identidad y desde allí organiza la totalidad de la psiquis. Decimos que la persona se identifica con -siente ser- esos rasgos nucleados y los confunde con el todo. Cree que el vado puede contener definitivamente la corriente del río.
 La carta natal y los estadios de conciencia
Desde lo astrológico, podríamos reconocer que la vida individual despliega tres estadios o niveles de conciencia bien diferenciados , en los que desarrolla las distintas identificaciones. A estos estadios o niveles los llamaremos:
  1. Complejo lunar.
  2. Nexo solar.
  3. Estímulos de integración.
El estadio del complejo lunar es aquel en el que se constituye las primeras imágenes de identidad. Al elaborarse en los primeros años de vida, estas tempranas sensaciones de ser se basan en supuestos condicionados por la supervivencia y la dependencia externa. Así constituidas, ligadas a la vulnerabilidad, a la incapacidad de autonomía y a la urgencia de otro para satisfacer necesidades básicas, las primeras identificaciones muestran una adhesión emocional y afectiva por parte de la conciencia que las hacen persistentes en el tiempo. Seguimos creyendo en ellas, creemos ser eso, mucho más allá de lo necesario, como si aún en la vida adulta tuviésemos la fragilidad y carencia que tuvimos en la cuna. Es por esto que el complejo lunar representa el estadío más regresivo de nuestra estructura psicológica , y su crisis como identificación exclusiva de la conciencia caracteriza a la adolescencia y la juventud temprana .
Los puntos de una carta natal a los que puede suponerse que la conciencia recurrirá para elaborar estas primeras imágenes de identidad son:
  • Luna por signo y por casa.
  • Aspectos de la Luna.
  • Casa IV y su relación con el Ascendente.
  • Planetas en Casa IV.
  • Regente de la Casa IV.
  • Nodo Sur.
El estadio de nexo solar es el espacio en el que la conciencia comienza a ampliarse más allá de su identificación exclusiva con lo lunar. Las características solares facilitan la decisión de experimentar el riesgo de la autodeterminación, de descubrir el propio talento para la supervivencia más allá de las formas del pasado que, aunque quizás resulten seguras y estables, comienzan a percibirse como severamente condicionantes e inhibidoras. Este estadio se caracteriza por la búsqueda de constituir una identidad personal sólida, autocentrada, que sirva como plataforma para la realización de nuestras potencialidades. Existe una búsqueda de algo auténtico, de lo genuino “dentro de sí”, tanto como una necesidad de logro y éxito en el mundo. Se percibe que los propósitos personales han logrado superar el regresivo condicionamiento lunar, y que, por lo tanto, ahora sí pueden coincidir con la realidad.
En una carta natal, el nexo solar aparece indicado en los siguientes puntos:
  • Sol por signo y por casa.
  • Sol por aspectos.
  • Los planetas personales por signo, casa y aspectos.
El estadio de estímulos de integración es aquel en el que la conciencia comienza a abrirse y a aceptar que la vida individual y personal se inscribe en un orden que la trasciende. El destino y sus contrariedades comienzan a ser percibidos como la revelación de un propósito esencial al cual resulta necesario saber integrar. «Integrar» implica aquí reconocer a aquello que parece contradecir mi deseo personal e incluirlo como parte (y acaso como clave) de aquello que profundamente soy. Soy mi destino. En este nivel de desarrollo de la conciencia, la pregunta “¿qué pretendo yo de la vida?” va siendo desplazada por aquella que interroga “¿qué se propone la vida conmigo?”.
Obviamente, los indicadores que pueden dar una insinuación (y apenas eso) de estos estímulos a una integración plena son:
  • Júpiter y Saturno como articuladores del acceso a la dimensión transpersonal.
  • Los planetas transpersonales por casa y aspecto.
  • La casa XII.
  • El nodo Norte.
  • El Ascendente y su relación dinámica con el Medio Cielo.
El río, sus vados y los estadios de conciencia
¿Cómo se relacionan estos estadios con nuestra metáfora del río de la conciencia?
En el comienzo, nuestra experiencia de la conciencia, nuestra experiencia de río, se inicia en el contenedor núcleo de pertenencia familiar. El estadio del complejo lunar. Allí desarrollamos los primeros bordes de identidad, aparentemente firmes y estables, y que tempranamente confundimos con la totalidad de lo que somos. Ya sean placenteros o no, parecen definitivos y absolutos, en el sentido que promueven la sensación de asegurar la supervivencia y de proveer de aquello que realmente necesitamos para vivir.
El estadio del complejo lunar sería de este modo “el primer vado”, o mejor un pequeño lago en lo alto de una montaña, en el cual las gotas de lluvia comenzaron a aglutinarse y supieron permanecer contenidas. De no mediar circunstancias de presión, el deseo no sería otro que quedar allí, en la estabilidad de ese espacio contenedor, en la serenidad que no parece necesitar ningún cambio.
Ahora bien, en verdad, estos vados reciben afluentes que convergen en él ampliándolo, fundiéndolo con otros cursos de agua. Después de cada “experiencia de vado” resulta más complejo definir la identidad del río, reconocerlo por el mismo nombre (la misma forma) que tuvo cuando empezó a correr. El caudal será otro, lo mismo que el color, los peces que lo habitan, etc.
Estas convergencias son nuestros encuentros vinculares, encuentros que nos transforman y modifican por ampliación y, por lo mismo, no nos permiten seguir siendo los mismos. Nos desplazan de la quietud autoreferente para enriquecernos. Nos enriquecen al tiempo que nos tornan más complejos. Nos expanden al tiempo que nos funden en expresiones vitales que hasta este momento sentíamos ajenas.
Así, si bien la conciencia parece necesitar de ese vehículo funcional (las identificaciones parciales) para experimentar la vitalidad en la sustancia concreta de nuestra vida individual, luego pugna por ampliarse y trascenderlo. Esta búsqueda no responde a la voluntad personal ni a una disposición del individuo aislado.
Es decir, esta posibilidad de ampliación no es una cualidad propia del río en su cauce conocido, sino una consecuencia de su receptividad a los afluentes. Esta búsqueda se plasma en las convergencias vinculares, en el encuentro con otros. Y su profundo sentido se revela en nuestras vidas provocando crisis. Son las crisis de identificación, las crisis de lo que creemos ser. Estas crisis representan una oportunidad de expansión de conciencia.
El mundo de las relaciones vinculares, el encuentro con afluentes, permite desarrollar una resonancia armónica con la totalidad a partir de lo que se vive como conflicto desde lo aislado y fragmentario. Armonía a través del conflicto. Revelación de un cauce profundo a partir de incluir aceptando ser transformado. La totalidad de lo que somos (la dimensión transpersonal) reclama ser incluida en aquello que definimos ser (las dimensiones lunar y solar). Y, siendo que nos definimos a partir de fragmentos, resultan inevitables estos momentos de transformación profunda de los contenidos que ocupan el centro operativo de la identidad.
Básicamente, la personalidad puede responder a esta propuesta transformadora de dos maneras:
  1. Sintiendo la oportunidad de liberarse de ese modo restringido de definirse a sí misma y ampliándose así a la experimentación de nuevas potencialidades.
  2. Resistiendo la transformación y aferrándose a la definición conocida, a riesgo de cristalizarse en una forma carente de vitalidad y, por lo tanto, de funcionalidad.
En general, se viven estas dos modalidades simultáneamente en forma de tensión y conflicto, hasta que algún núcleo de factores (regresivo o progresivo) define las características que ejercerán la apariencia de predominio hegemónico en el centro de identidad.
Podríamos suponer que las crisis de transición del complejo lunar (de identidad centrada en forma exclusiva en lo lunar) a la expresión solar comienzan a manifestarse en la edad de la adolescencia y se instalan más imperativamente hacia los 21 años. Y la crisis de transición del estadio del nexo solar (de identidad centrada en forma exclusiva en lo solar-lunar) a la inclusión de lo transpersonal (estadio de estímulos de integración) acaso comience a intuirse hacia la mitad de la vida (esto es, la arquetípica crisis de los 42 años).
En cada caso, una identificación fragmentaria, que hasta allí se mostró efectiva, comienza a revelarse como un sistema de reacciones condicionadas, un sistema poco eficiente para establecer vínculos con la realidad. En verdad, esas identidades parciales resultan estructuras provisorias y justifican su existencia en la medida que son capaces de responder al potencial de expansión de la conciencia. Una vez que esta estructura de identidad agota su capacidad operativa, necesita entrar en crisis y ser transformada. De no ser así, comenzará a dar respuestas regresivas, de repliegue antes que de trascendencia y amplitud.
El movimiento de la conciencia no debe ser necesariamente abrupto. Esta transformación no tiene por qué ser operada como un corte imprevisto o compulsivo de una continuidad lineal que no preanunciaba alteración alguna, sino que puede resultar una modulación: el declive y retiro de una modalidad, hasta ese momento hegemónica, y el surgimiento e instalación de una nueva.
Esto representa un salto integrador de la conciencia. No implica la claudicación de una modalidad a expensas del triunfo de otra, lo cual reflejaría la lógica antagónica y excluyente de la batalla de polos (cristalización o conversión), sino la pérdida de control hegemónico de un fragmento que queda ahora incluido en una unidad mayor (integración), unidad en la que se establecen nuevos vínculos asociativos entre factores antes aislados o no integrados. Y en esa nueva unidad se desarrollará un nuevo centro operativo de identidad .
Bibliografía
Bailey, Alice A. Tratado sobre los Siete Rayos. Buenos Aires, Fundación Lucis Argentina, 1958.
González I., Lodi, A. y Steinbrun H. La carta natal como guía en el desarrollo de la conciencia.
Buenos Aires, Kier, 2004.
Visser, Frank. Ken Wilber o la pasión del pensamiento. Barcelona, Kairós, 2003.
Wilber, Ken. El proyecto Atman. Barcelona, Kairós, 1988.
– . El ojo del espíritu. Barcelona, Kairós, 1998.

lunes, 15 de febrero de 2016

El síndrome de Urano


Fotograma de Blade Runner

Llevo años constatando la evidencia de un síndrome ya viral en los círculos terapeúticos y en los así llamados de autoconocimiento. Por auto-conocimiento se entienden todas las formas que de un modo u otro dicen poder ofrecer al hombre semejante fin: auto-conocerse. Astrología (en todas sus variantes: experimental, psicológica, humanística, kármica, predictiva, transpersonal, arquetípica, junguiana), psicología, en todas sus variantes (convencional, clínica, analítica, psicoanalítica, gestalt, transpersonal, transgeneracional), filosofia, kábala, magia, neomagia, y todos los neos, constelaciones, coaching (en todas sus variantes). Las formas de auto-conocimiento se multiplican como moscas,  pero todas se ven afectadas por el mismo e inequívoco síndrome: el Sindrome de Urano.
Por síndrome de Urano, término sacado de la jerga astrológica,  podemos entender la radicalización en las cualidades energéticas que vienen con este planeta, y que frecuentemente se asocian a conceptos como libertad, creatividad, ruptura, inspiración, visión de futuro. El peligro del Sindrome de Urano no radica en las cualidades propiamente uranianas, sino en su radicalización. Esta radicalización sucede como consecuencia de una fascinación por el propio patrón de ese planeta, que es ciertamente un patrón de ruptura con todo lo anterior, una ruptura necesaria en muchos sentidos, sobre todo para poder dar un impulso evolutivo a  la tendencia de fijar estructuras del patrón saturnino. El peligro radica no en esta ruptura, sino en la convicción (autoconvicción muchas veces forzada) de que nada de lo anterior es válido en sentido alguno. Este es el principal error de la así llamada Era de Acuario. Una Era por asi decirlo, llamada a construir un mundo nuevo. El problema es que el patrón de energia de Acuario tiene dos regentes, Urano y Saturno. Sin Saturno ninguna construcción es posible. Sin Urano, la visión de esa nueva realidad a construir jamás llegaría. 


Saturno, castrando a Urano


Saturno devorando a sus hijos, por W. Blake

El síndrome de Urano se caracteriza, a nivel astrológico, por la falsa creencia de que una vez que la energía rupturista de Urano empieza a manifestarse en nuestra vida, las pesadas contingencias de Saturno, el tradicionalmente llamado Guardian del Umbral o el Señor del Karma, ya no tienen ningún sentido, y por tanto, ninguna forma, estructura o jerarquía asociada a esta energía.  Se cuentan por decenas las escuelas de astrología psicológica que venden sistemas de autoconocimiento que creen haber trascendido a Saturno y poder mediar así como así,  no solo con la energía transpersonal que Urano representa, sino con los otros dos planetas transpersonales, Neptuno y Plutón, los cuales también tienen, como todos los otros planetas, sus propios síndromes. Craso error, porque la primera herramienta que necesitamos como organismos psíquicos para mediar con las fuerzas transpersonales son, principalmente,  un saturno y un sol fuertes, o en lenguaje psicológico, un auténtico y sólido sentido del yo. Ignorar o pasarse por alto el crucial papel de Saturno como mediador es privarse de la oportunidad de integrar la energia saturnina con la energia uraniana, o por decirlo de otro modo, ser capaz de entrar en una visión acuariana del mundo veraderamente integrada. 
Saturno no es solo el guardian del Umbral en una dirección sino en ambos sentidos. No sólo constituye el umbral que el yo tiene que atravesar para contactar con las fuerzas transpersonales, sino también el umbral que filtra la energías transpersonales para hacerlas asequibles para el yo. 


Saturno, Guardián del Umbral 
"No cruces mi umbral si no estás seguro de iluminarlo con tu propia luz, porque más allá del umbral ya no hay guías que iluminen tu camino”.


En muchas escuelas astrológicas se enseña que con un sol fuerte en la carta, ya es suficiente para mediar con los planetas transpersonales, y se pone todo el énfasis en el fortalecimiento de ese sol como arquetipo energético que conforma la identidad del yo. Pero la identidad del yo no está conformada sólo por el patrón de irradiación solar, sino por el de todos los planetas personales, por la luna, por el AC, y por supuesto, por Saturno. Pretender querer participar de la energía de Urano, al cual le importa mas o menos un bledo todos los demás planetas, porque aparece de la nada y desaparece en la nada, sin una buena comprensión de la función de todos los planetas anteriores, es un suicidio no solo astrológico, sino humano, porque si en algo se caracteriza el síndrome de Urano es en su deshumanización. A Urano sólo le importa su verdad, y dado que su verdad es su propia creación, esta verdad creativa no está sujeta al diálogo, al análisis, a la autocrítica. Sin Satuno, la creatividad que Urano aporta al patrón acuariano se convierte sencillamente en tiranía, en autoconviccion, y en determinados grados, en pura psicosis. Del mismo modo, sin Urano, Saturno no puede en modo alguno  trascender la cumbre de su misma estructura, ni descubrir nuevos patrones creativos de la realidad, más allá de los que la ordenan, que es todo a lo que puede llegar. Para que la vocación acuariana de servicio a toda la humanidad se cumpla, necesita tanto de Urano como de Saturno. Sin Urano, Acuario cae en el fanatismo, Sin Saturno, Acuario cae en la locura. 


Fotograma de Blade Runner

Las consecuencias de este síndrome son del todo reconocibles en todos los contextos donde el patrón de Urano empieza a sentirse. El extremo de este patrón serían las sectas, pero hay muchos otros contextos en los que uno puede caer en manos de lo que antes llamaban los locos de Dios, y ahora podríamos llamar los locos de Urano: astrólogos, psicólogos, terapeutas, esoteristas, magos,  coachs. Las combinaciones son infintas. Los abusos de poder que se pueden constatar en estos contextos serían ridículos si no fueran capaz de hacer auténticos estragos en determinadas personas, pero sobre todo son bien capaces de incapacitar al ego casi de por vida para ejercer su responsabilidad de convertirse en un verdadero individuo.
No hay nada, y recalco, nada, que diferencie la arbitrariedad y el abuso de poder que se encuentra en el mundo pseudo- terapeútico del que se encontraba antes en el mundo sacerdotal. Por alguna extraña razón la gente sigue otorgando su poder a unas cuantas personas auto-convencidas de que están investidas de algún tipo de autoridad de carácter objetivo cuando observado desde fuera su cháchara resulta la cosa más subjetiva que existe. He tenido el repugnante honor de escuchar conversaciones entre terapeutas o ser testigo de fragantes abusos de poder de autodenominados maestros que me han convencido de que sin la  colaboración de ese otro tipo de gente pusilánime, infantil, peterpan y sin carácter, que se niegan a crecer y a desarrollar un pensamiento propio, no estarían donde están, que es exactamente el lugar que les dejamos que ocupen. Las posiciones astrológicas relacionadas con estos abusos que siempre requieren un tipo de consentimiento y "colaboración" lo dejo para otra ocasión**.
Si hay algo realmente insoportable es que a pesar de la constante evidencia de que sólo podemos tener acceso a partes sesgadas de conocimiento e información, es decir, que en todo momento y lugar nos encontramos sujetos a percepciones subjetivas (fragmentadas) de la realidad, alguien, todavía, en cualquier contexto se crea con el derecho de creer que su versión de la realidad tiene más validez, es más completa, está más evolucionada, es más sofisticada, convincente, real, trabajada que la de cualquier otro y en virtud a eso se crea también con el derecho de imponerla. Este vicio se encuentra demasiado frecuentemente en el contexto que ha venido a sustituir al mundo religioso: el mundo terapéutico. 

Sat-Gurú.

La influencia  y la importancia que tiene Urano en este tipo de comportamientos no es menor que la que tiene Júpiter, que es el planeta normalmente asociado a este tipo de creencias. De hecho la radicalidad, el empuje, la autoconvicción de Urano, al ser un planeta transpersonal, puede ser infinitamente superior a la que tiene Júpiter, porque en el caso de Júpiter, el sistema de creencias es practicamente un sistema heredado, o solidificado por la educación, la cultura o el ambiente. En el caso de Urano, la verdad viene ex-nihilo literalmente, de la nada, y por lo tanto, su naturaleza es indiscutible. Este es el por que cuando las afirmaciones radicales del síndrome de Urano son cuestionadas, el portador de la verdad sin nombre se cierra a toda posibilidad de díálogo, En ese preciso momento, el predicador, astrólogo, terapeuta, maestro, constelador, lo  que sea, se descubre tanto como farsante como títere. 
El síndrome de Urano deforma gravemente la lente con la que se percibe tanto el trabajo interior como el propio y necesario crecimiento psicológico. El fin último de cualquier trabajo interior es observar el modo/s perceptivo/s a través del/los cual/es nombramos y construimos la realidad, hasta que este mecanismo se nos haga evidente. Una vez que este mecanismo se nos hace evidente, solo queda aprender a vivirlo sin tomarse nada personal, cada vez más desapasionadamente. Este desapasionamiento nos permite entrenar nuestra capacidad de cambiar de un modo perceptivo a otro sin apegarnos especificamente a ninguno de ellos. 


Acuario, el Aguador, símbolo del libre flujo de la energía.

Ciertamente, el  patrón energético de Urano puede ayudarnos en el proceso de desapasionamiento, siempre que el patrón sea vivido como herramienta al servicio del florecimiento del individuo y no como síndrome sustitutivo a través del cual el ego se perpetua a si mismo de formas cada vez mas estrafalarias, bizarras y falsamente espirituales. Del mismo modo, el compromiso con el proceso de individuación exige cuestionarlo todo, sea lo que sea, venga de dónde venga, y esté donde esté, hasta ser capaz de inferir de ahí un criterio propio. El patrón uraniano es imprescindible para este cuestionamiento, siempre y cuando no lo sustituya con sus propias convicciones y deje ese espacio abierto, fecundo y fertil. Listo para ser llenado por el flujo energético y vincular que genuinamente hace parte de la energía de Acuario. Un libre compartir. De este modo, Urano ocupa su lugar dentro del mandala zodiacal sin usurpar la identidad del yo como resulta en el caso de lo que Jung describía como  personalidades manas. Las personalidades manas pueden estar poseídas y de hecho lo están por cualquier arquetipo, pero el arquetipo mas frecuentemente encontramos en las personalidades mansas que manifiestan este síndrome es el de Urano. 
Por último. Más allá del síndrome, de este o de cualquier otro, estoy con Jung cuando dice -no cito de memoria- que la astrología es una creación del hombre.  Y añado: para nombrar y conocer la hondura y la extensión de su propia psique. Planetas, signos, casas, y sus cualidades pertenecen al ámbito de lo simbólico que es el estrato de lenguaje mas profundo y primordial de la psique. La arbitrariedad que subyace a toda forma de hacer astrología no es solo un riesgo colateral a la percepción subjetiva de cada astrólogo, también es una consecuencia inevitable del propio mecanismo creativo que tiene la psique para expresarse a sí misma (y conocerse conforme lo hace).


Más allá de posiciones típicas asociadas al juego del abuso de poder (plutón en aspecto duro con la luna, u otros planeta más "fragiles") y del fanatismo ideológico normalmente asociado a un Júpiter fuerte, tenso o mal aspectado, yo miraría al sol en las casas 9, 10 y 11, lógicamente con sus aspectos o sobre todo si está aspectado con Plutón y Jupiter. En que signo esté el sol no lo encuentro tan importante, aunque puede influir mas que esté en Escorpio, Sagitario y Capricornio por como se relacionan estos signos con el poder que se revela de forma bruta en Escorpio y se proyecta después en los siguientes signos. Sin embargo, en este caso en particular que describo entra un componente de un nuevo radicalismo camuflado de empatía y compasión universal que es el señor Urano. Un Urano en posición angular, o un sol en Acuario en posicion angular o en casa 11 aunque no esté en Acuario, sobre todo si lanza aspectos con Plutón y Júpiter puede favorecer un tipo de autoconvencimiento de que se trae un mensaje nuevo para la humanidad. Por supuesto todo esto es muy arbitrario precisamente, y por eso me encuentro en guerra declarada con la arbitrariedad no solo de mundo terapéutico, sino también astrológico.
Sin embargo no en todos los casos Plutón está implicado.  Como he dicho, culpar a Plutón es un clásico. De hecho, Plutón puede desenmascarar, y de hecho encuentra placer en desenmascarar este tipo de abusos de poder. Plutón toma su poder del otro, es cierto, pero también se entrega completamente a si mismo, es decir, sabe que tiene que entregarse para transformarse. Las relaciones terapéuticas con terapeutas plutonianos no son fáciles para nada, son controvertidas y muy desafiantes pero por lo general, tienen una honestidad que pocos terapeutas de otra energía pueden ofrecer. El abuso del que hago referencia es mas del que recibe sin dar nada a cambio, nada de si mismo, con la excusa de que ya está trabajado o está mas evolucionado o ha encontrado la verdad. Esto es mas propio del fanatismo de Júpiter y del radicalismo de Urano que de la intensidad de Plutón.
 En general. Todo lo que uno tiene (incluídos aspectos) en la 9, 10 y sobre todo 11 porque este tipo de poder terapéutico se nutre precisamente de la transferencia de la energía grupal. Si es un terapeuta abusador famoso o conocido, miraria sus casas 10 y 11 y sus regentes. Si no es tan conocido, pero igualmente abusador, sus casas 8 y 9 y sus regentes. Si es un maestro, casi siempre su casa 11, y sus regentes. En ocasiones tambien la casa 12 puede dar maestros guiados por un tipo de poder conectado con el inconsciente colectivo. Y por supuesto, retornando a lo más básico, su Plutón y su luna porque todo abuso externo nace de un abuso interior. Solo reproducimos el escenario que vivimos interiormente.



Alejandro Lodi sobre la astrología como narcótico





Llevo ya  algunos meses en crisis con lo que denomino la arbitrariedad de la astrología. En espera de ser capaz de traducir lo que realmente significa en un próximo artículo, dejo este fragmento de un artículo de Alejandro Lodi, publicado en el la web de la casa XI (http://www.casaonce.com/publicaciones/articulos/acerca-de-urano-transitando-aries-6/), que transmite parte, aunque no todo, de esta  disconformidad con "la apropiación" por parte del ego de formas perceptivas que de alguna manera no le pertenecen, y  que están pidiendo, si no su propia muerte, que se eche definitivamente a un lado, para que otro tipo de percepción más evolucionada (es decir, mas extensa y profunda) pueda desarrollarse:

"Cuando el rayo de la tragedia sorprende nuestras vidas se hace evidente que no toleramos el contacto con el dolor, reaccionamos a él. No se trata de una limitación personal, sino de una frontera humana, una defensa al horror.
La elocuencia de esa incapacidad es nuestra búsqueda de explicaciones cuando nos toca lo siniestro. Buscar causas es intentar explicaciones y así calmarnos. Esa causa que explica el efecto nos calma haciéndonos creer (convenciéndonos) que ese sufrimiento podría no haber ocurrido, que el dolor no forma parte de dinámica alguna.
Con nuestras explicaciones acerca de qué significan los hechos dolorosos estamos -acaso sin saberlo- manteniendo vivo el supuesto de que el dolor es mero efecto de una causa y de que, si conjuráramos esa causa, podríamos entonces eliminar el efecto, es decir, lograríamos excluir el dolor de nuestras vidas. Se conforma así el hechizo de un poderoso supuesto: el dolor no es real, sino efecto no deseado de una acción inadecuada. El dolor no forma parte de proceso vital alguno. El dolor podría no existir. El dolor no debería existir. Podríamos vivir sin dolor.


Contribuyendo a este supuesto, la astrología puede servir para anestesiar. La astrología puede resultar un dulce narcotizante. Como también las ideologías políticas, el idealismo ecológico y el misticismo. Nos permiten, por ejemplo, ver en las imágenes de la catástrofe de Japón los efectos del ingreso de Urano transitando Aries o el castigo del mar por la pesca indiscriminada de los buques japoneses, ver en los cataclismos que azotan la Tierra la reacción kármica de la madre naturaleza al maltrato humano, o ver en los atentados a las Torres Gemelas a los yanquies recibiendo un poco de su propia medicina… Ver es percibir. Cada uno de estos supuestos condiciona nuestra percepción de la realidad, distorsionándola en dirección a lo que creemos seguro, haciéndola menos amenazante y, por lo tanto, menos intensa y más controlable. Cada una de estas respuestas permite no entrar en contacto con el dolor de la experiencia, filtrarla para evitar esa conmoción y mantenernos protegidos en nuestro mundo de certezas, premios y castigos, y previsibilidad.
La astrología puede anestesiar con su suministro de explicaciones. La astrología puede calmarnos diciéndonos qué significan los hechos dolorosos de nuestra vida, cerrando ese significado en una causa absoluta. Pero también la astrología puede dejarlos abiertos, sin decirnos lo que esos sucesos significan, sino apenas (o nada menos) inscribiendo su significado en un orden cíclico.


En verdad, la astrología no puede decirnos qué significa un hecho, sino en qué orden cíclico ese acontecimiento puede ser significado. La astrología no cierra la vivencia de los hechos de nuestra vida a un significado, sino que significa esas experiencias revelándolas constitutivas de un orden que se manifiesta en el tiempo. Ese hecho doloroso no es un castigo, ni suceso aislado. Todo suceso está inscripto en un orden temporal, responde a la dinámica vital de un proceso que se desarrolla en el tiempo y que cuenta con una lógica cíclica.
Y aquí la astrología sí tiene algo para decir. Incluso puede dar serenidad. Puede calmar la excitación dramática y angustiante que la experiencia vital nos provoca cuando expone a nuestra conciencia la vulnerabilidad que nos constituye. Pero será una calma por contacto, no por evasión. Es una serenidad que disuelve las superficies más agudas del sufrimiento para conducirnos a la profundidad del dolor.
Jugando con las palabras, podríamos decir que no es una calma por anestesia sino por hiperestesia. Es la intensa paz de una comprensión que se hace manifiesta por sentir más, no por sentir menos".

Alejandro Lodi.